la sutilidad de lo putrido (reseña)

Vinamaragui.
La sutilidad de lo pútrido

Por Carles Méndez Llopis

La proyección pública de un artista suele anunciarse a través de sus obsesiones. Conocida es
la testarudez de Miguel Ángel por sus dibujos, las obcecaciones de Picasso por los cuadros de
Manet o Velázquez, la voraz entrega de Bacon a los retratos y crucifixiones, el perseguido vacío en
Oteiza, las hormigas y los relojes en Dalí, Antonio López ante el “sol del membrillo”, los estantes y
los objetos en Steinbach o la artificialidad de la imagen en Sherrie Levine. La lista es casi tan larga
como artistas reconocidos han pasado por la historia del arte, trabajando por y para su obsesión,
transformados y torturados por su visión. Pero ¿se debe esto a la desatada genialidad y
percepción extraordinaria del llamado artista? Si atendiéramos a que nuestras ordinarias vidas
están sumidas en obsesiones grandes y pequeñas, inculcadas y propias, creadas, generadas,
genéticas, ajenas, buscadas y encontradas, extrañas, obtusas, comunes, compartidas, escondidas,
públicas y privadas, externas e internas, odiadas, molestas, graciosas, características, etc.…,
responderemos negativamente. Simplemente nuestras obsesiones no están en museos o en la
vida pública.
Pero debemos ser cuidadosos, o esas motivaciones recurrentes serán parte del acervo
Vinamaragui que, a modo de objet-trouvé toma estas desviaciones de la razón para habitar su
escenificación del mundo. Gestos cotidianos y pensamientos iterativos en técnica mixta sobre
soporte vario. Un apresurado itinerario por sus obras diría que corresponden a una artista
predominantemente conceptual y multidisciplinar, a la que no importan herramientas y
procedimientos para la generación de propuestas y lenguajes alternos. Sin embargo, si nos
acercamos cautelosos, y decidimos pegar la oreja, oleremos un susurro a lo lejos escondido que
intenta dialogar en un momento artístico a gritos. Un susurro que siempre habla de otra cosa.
Juegos de escondimiento y sustracción, de vacuidad y ocupación de formas en irreales
espacios ocupados, donde el espectador necesita suplir la “insuficiencia” estructural, y su cerebro
entregarse a la búsqueda de la pregnancia para descubrir esos momentos íntimos y actos de lo
privado hechos público. Puede que sean objetos ya existentes, naturales u ordinarios, puede ser
una huella estática personificando la dinámica del tiempo, puede ser un grupo sígnico en
interacción y resonancia , concepción de estructuras y elaboración de dispositivos estéticos, puede
transitar de lo artístico a lo etnográfico, de lo persistente o inoperante a la estética psicológica, de
sutiles lógicas de similitudes a la configuración de rituales culturales,… en Victoria, lo insólito de
nuestra podredumbre mental, de nuestras mecánicas fijas, de nuestras fijaciones, es representado
de forma inclasificable. Eso sí, sin dolor o desesperación, sino como presencia documental de una
terapia concluida.
Queda el arte liberado de coacciones y las obsesiones fuera del anonimato. Momentos
simbólicos en atmósferas de quietud para mentes abiertas al entendimiento de lo extraño


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